Una herencia equivocada por DDF

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16/4/12

En invierno de 2001 Andrea Pirlo regresó al Brescia, el club con el había debutado unos años atrás, para jugar apenas diez partidos. El Inter no le quería. Le despreció con una cesión. Y sin embargo, aquellos diez partidos le cambiaron la vida. Si Andrea Pirlo es hoy el señor del Calcio, capaz de la elegancia en las situaciones más tenebrosas, elevar -picar sería un término demasiado contundente- un balón por el centro mientras el portero se vence a un lado, hay que pedirle explicaciones a Carlo Mazzone, otro caballero del fútbol italiano. Mazzone, romanista, técnico retirado (75), dirigió más de mil partidos en la Serie A. En total se pasó 38 años vagando por los banquillos del país. Y nunca ganó nada. Lo máximo que consiguió fue una tercera plaza con la Fiorentina. A falta de trofeos, su impronta permanece en una decisión. Probablemente una de las más importantes que jamás se han tomado en el fútbol italiano. Le dijo a Pirlo que se olvidara de Roberto Baggio.

Si nos remontamos aún más en el tiempo, en la temporada 98-99 Roberto Baggio y Andrea Pirlo compartieron vestuario en el Inter de Milán. El primero era una estrella en decadencia, aunque su declive se alargó y mantuvo un rendimiento decente hasta los 37 años. El segundo era su recambio. Un mediapunta que cuando era un adolescente había idolatrado al alemán Lothar Matthäus, centrocampista total de los nerazzurri, pero que cambió de gustos cuando este se fue de su Inter y volvió al Bayern de Múnich. Entonces dejó de hablar de Mattäus y empezó a referirse a Roberto Baggio, Michel Platini y Diego Armando Maradona. Imagínense qué honor para un joven Pirlo, seducido por el ’10′, el poder suplir a su ídolo cuando este se cansaba. Era el sustituto del que encabezaba su lista de espejos. Un puesto de trabajo que, visto con perspectiva, sabe a disgusto. Mazzone acudió al rescate en el punto clave de su carrera, cuando a Pirlo no le querían ni para secundario. Le ofreció una manivela y retrasó su posición hasta el centro del campo. Ancelotti lo vio. El resto es historia. Una novela artística con capítulos tan interesantes como en el que Allegri se tapa un ojo y Conte se compra unos prismáticos.


Pirlo se tomó muy en serio el aviso de Mazzone. Quizá demasiado. No solamente olvidó su aspiración a trecuartista sino que se empeñó en deshacer la herencia de Baggio capítulo a capítulo. Tenía algo ganado, él había empezado donde Baggio dijo basta, en Brescia. El resto fue un ejercicio básico de contradicción. Que si Baggio mediapunta, él centrocampista. Que si Baggio sumó títulos al principio de su carrera, él lo hizo durante todo el trayecto. Que si a Baggio le cambiaba Sacchi, a él ningún seleccionador le movía del campo. Que si Baggio había pasado por tres de los grandes, Juventus, Milan e Inter, él copiaba la idea pero invirtiendo el orden, Inter, Milan y Juventus. Que en el primer Mundial de la historia que se decidía en una tanda de penaltis Baggio lanzaba el último y lo echaba a las nubes, en el segundo Mundial de la historia que se decidía por penaltis él lanzaba el primero y lo marcaba. Y así, uno fue Balón de Oro y el otro ganó un Mundial. Andrea Pirlo quizá no ponga su camiseta en el mismo peldaño que los fantásticos, pero ha sido campeón, como Matthäus.

El truco de ayer fue el enésimo. Con 0-0 a los 120 minutos, un jugador de la Juventus volvía al punto de penalti. Otra vez con el país en velo por detrás en el marcador. No era una final, pero casi. En el verano de 1994 Roberto Baggio la lanzó al cielo de Los Ángeles. Ayer Pirlo se dio el gusto de volver a llevarle la contraria.
 

Jorge Páez

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16/4/12
Tremendo lo de Pirlo, un señor jugador a veces pasa en segundo plano pero tremendo jugador.
 

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